Miopías interesadas: De la Venezuela de Maduro al Surinam del narco-golpista Bouterse

Siempre han constituido un misterio para Sudamérica y pocos conocen incluso su ubicación geográfica en nuestro subcontinente. Guyana, Surinam y Guayana Francesa, ex colonias del Reino Unido, Holanda y Francia -esta última sigue siendo territorio galo-, ostentan una gran diversidad cultural, étnica, religiosa, así como inmensas riquezas naturales.

¿Y ello qué tiene que ver con Venezuela? Pues la clara cercanía geográfica y sus complejas realidades sociopolíticas. Vamos a obviar el manoseado caso de un Estado fallido como Haití o referencias a casos emblemáticos en África. Y es que Venezuela limita al oriente con las llamadas “Guyanas”, incluso mantiene un diferendo limítrofe con la ex Guyana británica, pero a fin de cuentas los une el hecho de tener polémicas historias sociales y políticas, como serios cuestionamientos a sus gobiernos y mandatarios en las últimas décadas.

Por todos es sabida la crisis política, económica y humanitaria que vive Venezuela. Los millones de venezolanos que pululan los últimos años por el continente no son precisamente agentes del imperialismo, son personas y familias en busca de un mejor futuro para satisfacer sus necesidades básicas y laborales. Situación real que simplemente define a un mal gobierno. El que, por cierto, tiene encima las manos del intervencionismo estadounidense, cierto, que parte importante de la oposición derechista es decididamente golpista, también, o que en parte es afectado por el desabastecimiento de bienes de primera necesidad concertado por sus antagonistas internos, claro. Pero que no ha tenido respuestas a una crisis que ya no es posible tapar con un dedo.

Sin embargo, estas líneas no tienen el afán de aumentar los ríos de tinta para analizar la realidad venezolana, sino que el poner en discusión el prisma con que los medios de comunicación y los líderes de opinión en Chile y la región sitúan únicamente la mirada sobre Venezuela, con una crisis vívida, pero con una lupa cuestionable y en algunos casos interesadamente miope al momento de apuntar al resto del vecindario sudamericano.

Sin ir más lejos -como señalé al inicio- a pocos kilómetros de Venezuela, resalta la situación que viven las llamadas “Guyanas”, como la misma Guyana, el país más pobre de Sudamérica, con altísimos índices de corrupción y que actualmente penaliza y persigue la homosexualidad hasta con tres años de cárcel. O la Guyana Francesa, que luce un 23% de desempleo, un alza del 12% del costo de vida en el resto del país respecto a su capital, el mayor índice de criminalidad de Francia y la posible construcción de una súper-mina de oro Montagne d’Or por parte de un consorcio ruso-canadiense que arrasaría con 1.500 hectáreas de selva virgen, 2.000 especies de flora y fauna y varias comunidades indígenas.

Peor aún -el caso al que haremos mención especial- es el de Surinam, el país más pequeño del subcontinente, independiente desde 1975 del Reino de los Países Bajos, de solo 550 mil habitantes, un PIB de 15.000 dólares y una economía muy dependiente del aluminio, la bauxita y el petróleo. Y que desde el 2010 tiene de Presidente al cuestionado Desiré Bouterse, el único dictador que ha tenido este joven país y nada menos que ¡por partida doble!

“En 1982 fueron asesinados 15 opositores, crímenes por los que aún no es juzgado en su país y difícilmente lo sea, pues en 2012 el Parlamento de Surinam aprobó una ley de amnistía a todos los sospechosos de los asesinatos, incluyéndolo.”

Bouterse en los 80.

¿Cómo es eso posible? Pues bien, tras la independencia, Surinam tuvo su primer mandatario democráticamente electo, Johan Ferrier, sin embargo tras cuatro años de gobierno sobrevino una crisis económica que llevó a un golpe de estado dado en 1980 por Bouterse, quien con mano dura reprimió a sus adversarios. Ejemplo de ello, es que en 1982 fueron asesinados 15 opositores, entre ellos abogados, periodistas y líderes sindicales, crímenes por los que aún no es juzgado en su país y difícilmente lo sea, pues en 2012 el Parlamento de Surinam -que controla su coalición política- aprobó una ley de amnistía a todos los sospechosos de los asesinatos, incluyéndolo.

“Dési”, como le llaman, de actuales 73 años, solo dejó el poder en 1988, tomando lugar el segundo gobierno democrático del país, el que solo se extendió dos años debido al nuevo golpe orquestado por Bouterse al presidente electo Shankar en 1990 y manteniéndose como jefe del ejército hasta 1992.

¿Hay más? Sí. En 1999 la justicia holandesa la condenó en ausencia por tráfico de cocaína a 11 años de presidio, por lo cual no puede salir de su país, teniendo una orden de detención internacional de Interpol. De hecho, su hijo, está preso en Estados Unidos por tráfico de drogas y armas. Cabe señalar que Surinam es considerado una de las principales plataformas de tráfico de drogas hacia EE.UU. y Europa. Así es como desplegando su gran influencia política, alianzas partidistas y redes clientelares, ganó las elecciones en el año 2010 con la promesa de un “gobierno democrático”, siendo incluso reelecto en el 2015.

¿La idea es comparar a Bouterse con Maduro? No, pero de lejos el mandatario venezolano no luce los criminales antecedentes de su par surinamés. ¿Ambas deben ser llamadas dictaduras o  regímenes autoritarios? Tampoco, eso dejémoslos a las agendas propias de turno y a las potencias con intereses geopolíticos.

Los mejores puentes de salida son la defensa e impulso del diálogo efectivo entre las partes en conflicto, mediante la mediación de terceros y el establecimiento real de negociaciones en la región, como lo propone México y Uruguay, y así evitar nuevos golpes de estado y matanzas en Surinam o el estallido de guerras civiles o invasiones extranjeras interesadas en Venezuela. Reemplacemos las miopías focalizadas por la defensa del diálogo y la paz social a nivel regional y continental. Bien lo saben los pueblos de Venezuela y Surinam, pero también los haitianos, hondureños, colombianos, brasileños, guyaneses, mapuches en Chile, afroamericanos en EE.UU. y un largo etcétera continental.

Por Ricardo Bustamante Pizarro, periodista, Máster en Ciencia Política y Comunicación, director de Causas y Beats.

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